Discurso de inauguración del año académico 1998-1999

Hoy la PUCESE cumple 17 años. Estamos de fiesta. Se lo hemos agradecido a Dios en la eucaristía porque Él ha sido el protagonista principal de esta historia, y esperamos que lo siga siendo siempre. De nosotros y de quienes vengan después dependerá que este protagonismo sea visible. No olvidemos el lema de la Universidad Católica que nos pide que seamos testigos de Jesucristo.

Y este testimonio no es de palabra; ha de estar, más bien, avalado por los hechos, por el espíritu con el que hacemos las cosas, por los valores que vivimos y transmitimos. No tendría mucho sentido esta Sede si no se caracterizara por fomentar la formación de hombres y mujeres con sensibilidad hacia las necesidades graves y urgentes de nuestra provincia y del país; no tendría sentido si no formáramos en un carácter y una manera de pensar alternativa a la de una sociedad que se debate en la miseria por causa de la mentalidad corrupta de muchos de sus gobernantes, administradores y grandes sectores de población; una sociedad que disgrega a los que "sobran" del reparto de la riqueza.

Hemos de cultivar una mentalidad crítica ante tanta mentira, ante tanta manipulación y degradación de la dignidad humana, que se esconde muchas veces bajo un discurso aparentemente patriótico. No podemos ser cómplices, no podemos permanecer callados ante tanta injusticia y tanta corrupción, tal vez buscando encontrar la posición que nos permita, también a nosotros, apropiarnos y aprovecharnos de lo que es patrimonio de todos.

La realidad de nos rodea, una mentalidad honrada con esa realidad, un espíritu humanista, una opción seria por los valores más hondamente humanos, nos mueven a asumir muchos desafíos, entre los cuales quiero hoy señalar algunos que me parecen urgentes:

Democracia no es sólo la pluralidad de los partidos políticos y la posibilidad de ir a unas urnas a elegir representantes. La democracia auténtica consiste en el respeto de los derechos de los ciudadanos; es la lucha contra la pobreza; es el respeto de la memoria de cada grupo; es la igualdad de todos ante la ley; es la justicia social, la tolerancia y la preservación del interés común. Democracia es la participación real y la capacidad de disfrutar de la patria, capacidad que hoy parece reservada a unos pocos privilegiados. La democracia en nuestro país es más teórica que práctica. Por un lado, un pueblo sin capacidad de discernimiento, sin sentido crítico, sin una conciencia sociopolítica debidamente formada, no disfruta de la auténtica libertad. Por otra parte, son los poderes económicos los que dominan la política. A menudo, no se hace política en función de ideas, planteamientos, criterios, necesidades… sino en función del beneficio del grupo al que se pertenece.

Mientras existan los abismos actuales, mientras la gran mayoría esté excluida, no podemos hablar de una democracia real, y menos si nos ubicamos entre los privilegiados y animamos el sistema que sustenta dicho privilegio.

Al igual que ocurre entre los países ricos y los pobres, en el ámbito nacional los poderes económicos que se articulan en torno a los partidos políticos más fuertes fomentan el mantenimiento del estatus quo existente. Por eso, difícilmente cambiará la situación de nuestro pueblo. Por eso no se invierte en educación. Por eso no se invierte en lo social. Si un gobierno quiere que su país salga de la pobreza debe contribuir a liberar al pueblo de la ignorancia y de la dependencia. Pero eso no interesa a los poderosos, porque creen que perderán sus privilegios.

Los bienes de la tierra (también los producidos por la actividad humana) son de todos y para todos. Todas las personas tienen derecho a acceder a estos beneficios naturales, intelectuales, tecnológicos, necesarios para el desarrollo integral. ¿Cuántos de nuestros hermanos ecuatorianos disfrutan de los bienes de este país? Se requiere creer en la solidaridad; no una solidaridad de payasada, no una solidaridad de propaganda. Solidaridad significa conciencia y aceptación de la responsabilidad en el desarrollo de todos los que vivimos en un país.

No podemos abstraernos de la realidad. Sólo desde ella construiremos un mundo mejor. Es necesario tener objetivos claros, planificar y utilizar los recursos para los fines a los que son destinados. Hay que promover la trasparencia en todos los entes de la sociedad, allá donde cada uno de nosotros está presente. Establecer objetivos que tiendan a la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de pobres. Invertir en educación con el propósito de hacer a todos los ecuatorianos aptos, capaces de enfrentar su propio futuro, evitando toda mentalidad y unas relaciones dependientes, y ejecutar proyectos que promuevan la autopromoción de los individuos y las comunidades. Sin miedo a que el pueblo despierte y sea crítico. Ya pasó el tiempo de las dictaduras; tenemos un gran contingente de hombres y mujeres que hoy no pueden servir al desarrollo de la patria porque se encuentran postrados en su pobreza, embarcados en la lucha por la supervivencia. ¿Cuánto no enriquecería al país el aporte en ideas, en creatividad, en trabajo… de tantos hermanos nuestros que hoy no tienen siquiera la oportunidad de planteárselo?

La falta de educación engendra pobreza e incapacita para la participación en la vida social. Y viceversa, la pobreza imposibilita al ser humano a una promoción que lo saque del agujero. Es un círculo vicioso, que se requiere romper coordinadamente desde todas las áreas: social (ofreciendo las condiciones de vida, salud…); educativo (con buenas escuelas, profesores capacitados, acceso a la universidad); económico (fomentando la generación de riqueza y de empleo).

Esto exige la colaboración de todos. Y exige, sobre todo, un cambio de mentalidad. Esta es la gran tarea de la Universidad. La mejor inversión, con el mejor rendimiento, no es que el individuo, aisladamente, esté bien; la mejor inversión es la que tiene como objetivo que todos estemos bien. Dedicarse a esto es dar vida, comparable, desde la fe, con la vida entregada de Jesús, Hijo de Dios.

Hoy rendimos homenaje, precisamente, a tres estudiantes (Luisa Bustamante, Richard González y Jéssica Abata), con los que compartíamos estos desafíos y estos ideales. Ellos fallecieron, desgraciadamente, a lo largo del año académico 1997-1998. Con su dedicación al estudio demostraron su deseo de superación, de promoción; y, con los valores que impulsaron sus vidas, testimoniaron la fe en el ser humano, en las más altas posibilidades que anidan en el corazón de cada de cada hombre y de cada mujer. El que ama de verdad, el que vive la vida como proceso personal y en función de los demás, no deja de estar dando la vida por todos. Esta entrega de la vida es grandiosa y especialmente ejemplar, aunque dolorosa, cuando se hace voluntariamente, como ofrenda de todo lo que gratuitamente se ha recibido en la vida. Hoy, al tiempo que expresamos nuestro más profundo recuerdo y apoyo a sus familiares, les rendimos un entrañable homenaje y proponemos los valores más hondamente generosos de estos compañeros, amigos, hermanos nuestros, como modelo para todos.

Hay muchas realidades de la vida universitaria que sería conveniente relatar y resaltar en este momento, pero que a la luz del testimonio que acabamos de señalar carecen de entidad. Esta Sede de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador seguirá, con el entusiasmo de sus 17 años y de las personas que en ella trabajan y estudian, poniendo todo su contingente al servicio del desarrollo justo de esta provincia a la que tanto amamos, tal como la Iglesia de Esmeraldas nos pide en este Año Sinodal.

La Sede en Esmeraldas de la PUCE, ante las autoridades generales aquí presentes, renueva su compromiso permanente por seguir trabajando por la consecución de los más altos objetivos de esta gran Universidad y de hacerlo aunando los esfuerzos con las Sedes hermanas de Quito, Ibarra, Ambato, Manabí y Santo Domingo. Queremos así mismo testimoniar nuestro especial agradecimiento a las autoridades de la Universidad por su permanente apoyo a las iniciativas de la Sede. El mismo agradecimiento lo hacemos extensivo a nuestro obispo, Monseñor Eugenio Arellano y la Iglesia entera de Esmeraldas.

Un agradecimiento especial a tantas y tantas personas, organizaciones, universidades, que desde distintos puntos del mundo, en forma silenciosa y hasta anónima, nos animan en esta tares y colaboran para que estos ideales lleguen a hacerse realidad.

Gracias a todos los miembros de esta comunidad universitaria (directivos, profesores, estudiantes y personal no docente) por confianza y su notable contribución para un mejor servicio a Esmeraldas. Agradeciendo de corazón a las autoridades, invitados especiales y amigos por su presencia en este acto, damos por inaugurado el decimoctavo año académico 1998-1999. Gracias.

Jokin Zurutuza
Pro-Rector
Esmeraldas, 5 de Junio de 1998.


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