Discurso de inauguración del año académico 1997-1998

Nuestro país está inmerso en tiempos difíciles. Los acontecimientos políticos de los últimos 12 meses así lo atestiguan. Son tiempos de crisis política, bajo la que subyacen la crítica, el cansancio de un pueblo, el hastío, la búsqueda de sentido, deseos de cambio, de fin de la corrupción, de cambio de sistemas anticuados que dificultan el avance y favorecen la manipulación con miras a intereses particulares, de personas, familias, grupos económicos y políticos.

Esos intereses nos están llevando a situaciones de caos y desesperanza. Prevalece una anticultura de la violencia, de la destrucción del hombre por el hombre, donde hasta la muerte es normal y está a la orden del día. Vista la realidad desde un punto de vista estadístico, vemos un proceso de degeneración: en el mundo de la salud, de la convivencia, del medio ambiente, de la cultura…

No se puede acallar el grito de un pueblo. Hay que luchar con esperanza, sublevarse contra todo tipo de dominio del hombre sobre el hombre, desechar definitivamente la idea de que el hombre sólo puede ser lobo para sus semejantes. Y liberar nuestras mentes y corazones de toda ideología perversa. La vida hoy no tiene demasiado valor en nuestra sociedad y está supeditada a intereses muy poco humanizantes.

Se constata, por un lado, el deseo de cambio de las estructuras políticas. Estructuras obsoletas, no adecuadas a una democracia moderna. Y, por otro, el no a la corrupción. Se insinúa un cambio de valores en la sociedad, en todos los estamentos y personas. Pero no sabemos hasta qué punto existe el convencimiento y el deseo por parte de quienes ostentan los poderes económicos y políticos. Aunque no cabe duda de que estamos necesitados de un profundo cambio de mentalidad.

Muchos piensan, por desgracia, que la solución vendrá de manos de un mesías que solucionará todos los problemas. El comportamiento político de nuestra provincia así lo atestigua. Y, a pesar de todos los desencantos y engaños, seguimos pensando que así ha de ser: una persona, un político, un salvador que dé vuelta a las cosas. Perdonen que disienta de esta opinión.

Ninguna revolución, ningún cambio histórico en las sociedades se ha dado de la mano de los que ostentan el poder ni sin un previo cambio de mentalidad. La historia nos enseña que las revoluciones se dan primero en la mente y el corazón de las personas antes que en la sociedad. Una nueva forma de ver la realidad; el análisis crítico, objetivo y a fondo de la misma; la no conformidad con lo que es impuesto como ideología dominante; la puesta en cuestión de la propia verdad… Son factores primordiales del cambio.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con la inauguración de un nuevo año académico? La Universidad tiene un papel fundamental en el cambio. Porque tiene capacidad de generar ideas, de proponer valores y ejecutar acciones concientizadoras. Ella tiene capacidad de educar a una mentalidad crítica, formando profesionales creativos, multiplicadores de los valores que harán posible un mundo nuevo; hombres y mujeres realmente comprometidos con el desarrollo y la justicia; amantes de la cultura, capaces de ir a las raíces para rescatar lo que es más propio y que, por desgracia, ha sido soslayado por la propaganda, por los medios de comunicación y hasta por cierto complejo de inferioridad.

La Universidad tiene un gran papel que desempeñar. Todos los miembros de la comunidad universitaria (directivos, profesores, administrativos y estudiantes) debemos asumir la responsabilidad por el cambio. No lo harán otros por nosotros. No serán otros los protagonistas de nuestra revolución.

Asumimos esta responsabilidad siendo testigos y propulsores del cambio de mentalidad; siendo ejemplo de un actuar limpio y transparente; educando en los valores que derivan del Evangelio; haciendo una lectura profunda y crítica de los acontecimientos, sin quedarnos en la superficie de las cosas o en análisis infantiles; no aceptando dejarnos llevar por amiguismos y mesianismos; comprometiéndonos con la elevación del nivel educativo y cultural de nuestro pueblo, con el mejoramiento del nivel de la salud; abriéndonos a una mentalidad solidariamente productiva que propenda a la creación de empleo y a la elevación del nivel socioeconómico de nuestra gente.

La Iglesia de Esmeraldas, impulsada por el Espíritu de Dios y por la solicitud pastoral de Monseñor Eugenio Arellano, está siendo modelo para las instituciones que con sinceridad se miran a sí mismas para determinar cómo insertarse en el proceso de cambio: profundizar en nuestra condición de cristianos nos lleva, necesariamente, a cualificar nuestro servicio al pueblo. Este es el sentido del Sínodo que durante este año se está celebrando.

También la Universidad se siente urgida a dar respuesta a este reclamo del Evangelio, que al mismo tiempo es lema de toda la Universidad: "Sean mis testigos". Testigos de una presencia real de Dios, una presencia a la que hemos de dar cabida. Y de la que tenemos que ser actualización en medio de nuestra sociedad. Asumamos este reto con valentía.

Para dar por inaugurado este año académico, no quisiera dejar de agradecer a todos los que hacen posible que esta Sede de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador siga siendo una realidad al servicio de Esmeraldas. Un agradecimiento a las autoridades y personal de la PUCE a nivel nacional y de las sedes hermanas de Quito, Ibarra, Ambato y Manabí por el aval, la colaboración y el ánimo permanente que nos brindan; agradecimiento que se hace personal en el P. Rivadeneira por su meritosa y desinteresada atención a las necesidades de las sedes. Un agradecimiento a Monseñor Arellano por su preocupación y su consejo frente a los retos y las problemáticas de la sede. Un agradecimiento a todos los miembros de la comunidad universitaria: estudiantes, trabajadores, profesores y directivos porque, a pesar de las muchas dificultades y limitaciones, siguen confiando y colaborando con este proyecto de promoción. Pido a Dios que siga reinando entre todos los estamentos y personas el talante dialogante, la participación responsable, el aporte de ideas y propuestas para el mejoramiento del servicio que brinda la Sede. Agradezco, especialmente, a todos los que han ofrecido su aporte a la Sede, ganando o no en las elecciones, presentándose en las candidaturas para las diversas dignidades. Y, cómo no, a todos los que hoy abandonan las dignidades que ostentaron en este último período. Felicitaciones a los docentes y administrativos que hoy son homenajeados por sus años de servicio a la Sede. Gracias por su servicio.

Un agradecimiento sincero a las instituciones y a las personas particulares fuera del país que hacen posible el desarrollo de muchos proyectos en la Sede: en Italia, la Conferencia Episcopal, la Nostra Famiglia, el Gobierno italiano; en Bélgica, Nord-Sud Cooperation y el Gobierno belga; en España, la Generalitat Valenciana, los municipios de Salamanca, Lazkao y Ordizia, la Fundación Santa Lucía y tantas y tantas personas particulares que, sin vanagloriarse por ello, dan su donación generosa para beneficio de los estudiantes de la Sede, mediante becas, ayudas y apadrinamientos.

Gracias, por fin, a todos los invitados que nos acompañan esta noche en que la Sede cumple sus dieciséis años y damos por inaugurado el XVII año académico. Gracias.

Jokin Zurutuza
Pro-Rector
Esmeraldas, 6 de Junio de 1997.


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