
Discurso del
Rector, Julio Terán Dutari, sj
en el homenaje
póstumo a Monseñor Enrique Bartolucci
e inauguración
del año académico 1995-96
Con
profunda emoción expreso mis congratulaciones a esta importante Sede de nuestra
Pontificia Universidad en Esmeraldas, con motivo de la apertura de un nuevo año
académico, para rendir homenaje póstumo a su Fundador, el Pastor insigne, el
mentalizador, el dilecto y llorado amigo, Msr. Enrique Bartolucci, Misionero
Comboniano y Obispo de este Vicariato Apostólico. No encuentro una manera más
adecuada de cumplir hoy con este deber entrañable que el participarles algo de
lo más íntimo; eso que vincula a esta Sede esmeraldeña con nuestra Universidad:
el espíritu que la Compañía de Jesús, a quien se ha confiado la administración
y dirección de la PUCE, está promoviendo en el mundo; ese espíritu de una lucha
por la fe, que se traduce hoy en un compromiso con la justicia.
Como,
por otra parte, se trata del último mensaje que este Rector dirige en ocasión
tan privilegiada, quisiera yo poder trasmitirles, queridos amigos, la expresión
más actualizada de este nuestro espíritu institucional. No será la que yo mismo
pueda pergeñar. Más bien intento comunicarles un extracto de las muy recientes
declaraciones de la Compañía de Jesús, cuerpo religioso de antigua tradición
académica, y cuerpo religioso en el que Msr. Enrique Bartolucci puso toda su
confianza al gestar la fundación de esta Sede universitaria de Esmeraldas. Él
creía tener razones especiales para confiar en los jesuitas, con quienes los
Padres Combonianos han sentido desde sus orígenes una vinculación especial.
Nuestra
Orden acaba de tener en Roma, durante los primeros meses de este mismo año, su
máxima reunión legislativa y de gobierno, con la participación, por el Ecuador,
de nuestro Vice-Gran Canciller y de nuestro Decano de la Facultad de Filosofía
y Teología, ahora candidato para ocupar el puesto de Rector en nuestra
Universidad. Esta asamblea nos ha dado un decreto que deseo resumirles, sobre
“los jesuitas y la vida universitaria”. En éste se recalca de modo insistente
el compromiso que desde la fe deben mantener nuestras universidades respecto
de la justicia, de lo cual se vuelve a tratar en otro documento, al
que también voy a referirme en forma breve.
1.- El
desafío.
Recuerda,
el decreto sobre la vida universitaria (No. 1), que desde nuestros inicios los
jesuitas hemos estado ocupados de la enseñanza en universidades, de la
investigación y las publicaciones científicas. Ignacio de Loyola, nuestro
Fundador, intuyó este amplio impacto cultural de las universidades al decidir
enviar a ellas a los jesuitas, e incluso fundar universidades propias, como
sitios donde se pudiera conseguir un bien más universal, acompañando desde la
fe a personas moldeadas por la poderosa fuerza de este medio cultural. Durante
toda nuestra historia hemos continuado afirmando esta fundamental intuición
ignaciana.
Hoy día
(No. 2), casi tres mil jesuitas trabajan en cerca de doscientas instituciones
de enseñanza superior confiadas a nuestra responsabilidad. Otros muchos ejercen
su misión en universidades no jesuitas. Su acción no se limita a lo que es
vital para tantos y tantos estudiantes: trasciende mucho más allá, pues las
universidades son encuadres institucionales de suma importancia, no únicamente
para desarrollar la ciencia y las profesiones, sino también y especialmente,
como conductos de las clases más pobres, para conseguir el progreso social.
Esto se
aplica también a nuestra universidad aquí en el Ecuador, pero de manera muy
particular a su Sede de Esmeraldas. Estoy seguro de que éste fue también uno de
los anhelos más caros de Msr. Bartolucci y espero que lo estemos cumpliendo.
Además, en la universidad, sigue diciendo el documento, y a través de ella, tienen
lugar importantes debates que contribuyen a la configuración de las culturas en
lo referente a la ética, las futuras direcciones de la economía y la política,
y al más fundamental sentido de la existencia humana.
Pero se
nos habla también del desafío que presenta hoy la estructura de las
Universidades (No. 4): En los últimos treinta años, la educación superior de la
Compañía ha conocido un desarrollo muy rápido en cuantía y complejidad, con
tendencia a producir estructuras de gobierno más participativas. Esto ha tenido
lugar mientras simultáneamente disminuía con frecuencia el número absoluto de
jesuitas ocupados en la Universidad, o su proporción respecto de todo el cuerpo
docente, en tanto que los seglares y colegas de otras órdenes religiosas acudían
a tomar parte junto a nosotros en esta empresa común. Aquí cabe destacar con
alabanza y gratitud el caso particular de esta Sede esmeraldeña de la PUCE,
donde nunca ha residido todavía ningún jesuita como colaborador permanente,
pero donde se ha contado siempre con el invalorable aporte tanto de la
Congregación de los Misioneros Combonianos, cuanto de otros religiosos y
religiosas, y ahora especialmente de los misioneros de la Comunidad ADSIS.
2.- La
respuesta
Como
respuesta a esta situación, dice el Decreto de la Congregación General (No. 5),
que en nuestras universidades deberemos continuar trabajando muy duramente, no
pocas veces en circunstancias bien difíciles, con imaginación y con fe, para
mantener y fortalecer el carácter específico de estas instituciones en una
doble línea: en tanto que ellas son universidades, y en tanto que están
confiadas a la responsabilidad de los jesuitas, para que sean siempre
fieles a su compromiso original.
Este
punto céntrico se explica de la siguiente manera (No. 6): El sustantivo universidad,
que designa nuestro ser sustancial, dice una garantía de compromiso con lo que
es propio de un plantel universitario, precisamente en tanto que universidad:
aquella autonomía fundamental, aquella integridad y sinceridad necesarias para
una tranquila y abierta búsqueda y discusión de la verdad. Este sustantivo, de
acuerdo con la Constitución dada por el Papa a las universidades católicas,
comprende todas esas finalidades propias de una institución académica que se
dedica a la investigación, a la enseñanza y a varias formas de servicios,
correspondientes con su misión cultural; ya que las universidades son un
horizonte y un contexto indispensables para la auténtica conservación,
renovación y comunicación del conocimiento y de los valores humanos. Los que
trabajamos en la universidad debemos, pues, buscar el conocimiento por sí
mismo; y, sin embargo, debemos preguntarnos continuamente: “un conocimiento,
¿para qué?”.
Es aquí
donde se abre todo el gran desafío que se plantea a nuestras universidades (No.
7). Por eso dice el Decreto comentado que con no menor vigor hemos de afirmar
el adjetivo “jesuita” en aquellas universidades que funcionan bajo la última
responsabilidad de los jesuitas. Este lenguaje es nuevo: los miembros de la Compañía
de Jesús nunca hemos propagado ningún jesuitismo, ni hemos hecho publicidad de
lo distintivo jesuita; pero ahora se trata de algo tan importante, que es
necesario proclamarlo y defenderlo: se trata de la promoción de la justicia en
nombre de la fe.
Por
supuesto, se recuerda (No. 8) que una universidad jesuítica ha de distinguirse
también por su oferta de formación humana y social, espiritual y moral, y por
la atención pastoral a sus estudiantes y a los diversos grupos de personas que
en ella trabajan o con ella se relacionan. Pero lo que este adjetivo,
“jesuita”, significa ante todo (No. 7) es la participación genuina de toda la
universidad en la identidad y misión fundamentales de la Compañía de Jesús,
misión redefinida como la defensa de la fe y de aquella justicia que la fe
misma nos impone.
Aunque
se ha de evitar una instrumentalización simplista de la universidad, o el
reducir su misión a una sola meta por más legítima que sea, se nos advierte que
siempre el adjetivo “jesuita” lleva consigo esencialmente una armonía con
las exigencias de la fe y la justicia, tal como se encuentran
expresadas en las Constituciones y normas recientes de la Compañía. Una
universidad dirigida por los jesuitas puede y debe descubrir, en sus propias
formas institucionales y dentro de sus auténticos fines, un campo de lucha en
el que se logre el encuentro con una fe que obra la justicia.
3.- La
justicia
¿De qué
lucha por la justicia se está hablando en todo este programa tan atrevido?
Justamente de una lucha que en esta Sede esmeraldeña de la PUCE ha estado
librándose, desde que Msr. Bartolucci consiguió que se abriera y durante todo
el tiempo en que él estuvo velando por su desarrollo. Otro documento de la
misma Congregación General nos explica en qué consiste hoy luchar (y hasta ser
perseguidos) por causa de la justicia (Nuestra Misión y la Justicia, No.5): La
lucha por la justicia tiene un carácter progresivo e histórico, puesto que debe
afrontar las necesidades, siempre cambiantes, de pueblos, culturas y tiempos
específicos. Directrices anteriores de la Compañía de Jesús nos habían
impulsado a trabajar por el cambio estructural en las áreas económica y
política, como una dimensión importante en la promoción de la justicia. Nos han
urgido también a trabajar por la paz y la reconciliación, a través de la no
violencia; a luchar contra todo tipo de discriminación por razón de raza,
religión, género, clase social o procedencia étnica; a hacer frente a la
creciente pobreza y hambre existentes en el mundo al mismo tiempo que la prosperidad
material se concentra cada vez más en unos pocos.
Y en
este punto de la enumeración se hace obligado un paréntesis para recordar con
emoción tantas palabras y actuaciones del Misionero, del Pastor, de ese hombre
verdaderamente universitario que fue Msr. Enrique Bartolucci: en cuántas
ocasiones como ésta o similares le hemos oído ponderar con lágrimas las
necesidades de esta querida región esmeraldeña, que él conocía mejor que
ninguno y que podía comparar con todo lo más impactante experimentado por él
mismo en África; pero le hemos escuchado evocar también con igual cariño y
energía las potencialidades de esta gente esmeraldeña para hacer valer en
justicia su derecho a una vida mucho más digna y a una contribución igualitaria
por el desarrollo de la cultura nacional.
Continuando
con el documento de la Compañía, leemos allí que recientemente (No.6) estamos
llegando a tomar más conciencia de algunas otras dimensiones de la lucha por la
justicia. (Y por cierto, en cada una de estas podemos ver a Msr. Bartolucci
como un precursor: El respeto de la dignidad de la persona humana creada a
imagen de Dios subyace en la creciente conciencia internacional hacia la amplia
gama de derechos humanos. Y también (No.7) en nuestros tiempos hay una
conciencia progresiva de la interdependencia de toda la humanidad en una
herencia común, con la globalización de procesos sociales y económicos. Y antes
de todo (No.8) está la vida humana, don de Dios, que ha de ser respetada
desde su comienzo hasta su fin natural. Sin embargo, nos encontramos
crecientemente enfrentados con una cultura de muerte. Así mismo (No. 9) la
preservación de la integridad de la creación subyace al interés cada vez mayor
por el medio ambiente. El equilibrio ecológico y un uso sostenible y
solidario de los recursos mundiales son elementos importantes de una justicia
que involucra todas las comunidades de nuestra aldea global. Por fin (No. 10)
la plena liberación humana, para los pobres y para todos nosotros, se basa en
el desarrollo de comunidades de solidaridad, tanto al nivel de las
organizaciones populares y no gubernamentales como al nivel político; en ellas
podemos trabajar conjuntamente con quienes aspiran a un verdadero desarrollo
humano para todos. ¡Qué amplio y qué exigente programa se nos traza, para
analizarse punto por punto en confrontación con las realidades de esta región y
las posibilidades de esta Sede!
4.-
Nuestra acción universitaria
En el
documento sobre las universidades (No.3) se elogian los muchos esfuerzos
distintos con que las universidades confiadas a los jesuitas han intentado
aplicar estas normas a la vida de la comunidad universitaria. Estoy seguro de
que mucho de esto podremos encontrarlo realizado entre ustedes mismos, queridos
profesores, estudiantes, administrativos y trabajadores de la Sede esmeraldeña
de la PUCE. El ejemplo perdurable y la intercesión celestial de Enrique
Bartolucci permitirán que se siga trabajando de múltiples maneras, también con
estas modalidades aquí mencionadas, como por medio de programas de extensión
para el acercamiento y el contacto mutuo en el servicio a los pobres, y sobre
todo por las mismas enseñanzas fundamentales de nuestra docencia, por las
investigaciones y por las publicaciones, cauces principales de acción en toda
universidad.
Esto refleja
el desafío que todos nosotros tenemos que encarar, como pertenecientes a la
gran familia de universidades jesuitas, para descubrir —más allá de una mera
retórica— metodologías mejoradas, gracias a las cuales nuestras instituciones,
por grandes y complejas que sean, puedan de veras conducirse hacia aquella
justicia que Dios en persona ansía y hace posible con tanta insistencia. Añade
el documento que esta tarea tiene ya sus mártires (los profesores jesuitas de
El Salvador, Padre Ellacuría y compañeros, varios de ellos ex-alumnos de
nuestra propia universidad, en Quito) quienes lograron hacer que una
institución universitaria de enseñanza y de investigación pudiera convertirse
en instrumento de justicia en el nombre del Evangelio.
Dentro
de este contexto se nos hace ver (No. 5) que “la complejidad de una universidad
jesuítica puede exigir nuevas estructuras de gobierno (...) que permitan
preservar su identidad y facilitar su rendición de cuentas ante el mundo
universitario y también ante la sociedad, de la que forman parte la misma
Universidad, la Compañía de Jesús y la Iglesia”. En concreto, se recuerda que
cada institución habrá de evaluarse y responder periódicamente ante sus
Superiores, para comprobar si su dinámica se desarrolla en línea con la misión
recibida.
Esta ha
sido ya la pauta que ha inspirado la actuación de las grandes personalidades
responsables de la Sede de Esmeraldas bajo la guía de Msr. Bartolucci y, como
puedo atestiguar yo mismo, durante todo el rectorado que muy pronto va a terminar:
se han sucedido varios Pro-Rectores, a quienes reitero mi admiración y
agradecimiento, y el actual —P. Jokin Zurutuza— se distingue no sólo por ese
ardor, rico en proyectos, de su juventud generosa, sino también por las ideas
claras y operativas en que traduce sus más genuinas convicciones cristianas,
esas que lo ponen en la escuela de su paisano vasco, el fundador de la Compañía
de Jesús, San Ignacio de Loyola.
Por eso,
nuestro más vivo deseo, el de las autoridades que terminaremos muy pronto y
hemos cumplido una misión —no sin algún fruto, como esperamos, en esta querida
Sede universitaria— es que se siga trabajando, en estrecho equipo de lucha
mancomunada por la justicia: equipo de seglares y religiosos, sean éstos
jesuitas o misioneros de varias congregaciones. Lo importante es que la PUCE
entera —y en especial esta su Sede predilecta de Esmeraldas— pueda seguir
planificando, realizando y evaluando la tarea que hoy se nos vuelve a plantear,
y promueva así mucho más la acción académica y social por una justicia
verdadera, como postulado fundamental de nuestra fe cristiana, exigencia de
nuestra Iglesia Católica, y testamento del queridísimo y añorado Sr. Obispo
Enrique Bartolucci.
Julio
Terán Dutari
Rector
Esmeraldas, 9 de Junio de 1995
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