
Discurso de inauguración del año académico 1995-1996
No podríamos olvidar, en un día como hoy, al hombre que hizo posible esta Sede de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Monseñor Enrique Bartolucci. A él debemos estos catorce años de vida institucional. Él acompañó y animó con cariño los incipientes pasos, los problemas, los desafíos y los retos que el tiempo fue imprimiendo. Por eso, queremos aprovechar esta ocasión para rendirle un merecido homenaje y hacerlo nuevamente presente en nuestros corazones.
Queremos recordar especialmente sus palabras, sus anhelos y esperanzas, sus palabras de ánimo, su fe en el hombre y en el mundo.
Tomamos las palabras y las ideas que expusiera en la inauguración oficial de la Sede, el 5 de Junio de 1981, palabras programáticas y emblemáticas.
Monseñor era consciente de la insignificancia de aquel sencillo acto que inauguraba una realidad bien incipiente. Pero era también consciente de la trascendencia del mismo, especialmente para el pueblo de Esmeraldas. Con la inauguración de la Sede se pretendía "aportar algo, aunque sea una pequeña cuota, pero real y concreta, a la solución de los grandes problemas del mundo". Porque era consciente de que "nuestro mundo es tan pequeño que tanto el bien como el mal tienen repercusiones inmediatas e insospechadas".
Denuncia una civilización de la muerte que invade nuestro planeta. Son muchos los signos de tal civilización: los atentados contra el equilibrio ecológico, el injusto reparto de las riquezas, la carrera armamentista, la industria "de la muerte", el exagerado control de la natalidad y el aborto, la tortura, el terrorismo, la droga, el hambre, las enfermedades, el analfabetismo, la corrupción, la inmoralidad. Estos signos son fruto de un abandono real de Dios.
Esta visión del mundo, lejos de delatar un hombre o un cristianismo pesimista, nos muestra, más bien, el corazón de un hombre y una experiencia de fe profundas y comprometidas: este es nuestro mundo, así está, pero creemos que es posible de otra manera, según los valores evangélicos. Es en la construcción de ese nuevo mundo donde vale la pena entregar la vida. Era, el de Monseñor, un optimismo radical, fundado en una honda fe en Dios y en la utopía del Reino.
Esto no evita la conciencia de la limitación del hombre y de sus proyectos; pero crea una dinámica de cambio, de conversión, de liberación personal y social.
La ciencia y la técnica dan al hombre instrumentos válidos para esta transformación cuando son utilizados para el auténtico bien del ser humano y de cada ser humano; un bien ausente de intereses partidistas. Cuando el hombre se apropia de esos instrumentos y los pone al servicio de su lucro o de su bienestar a costa de la injusticia, ellas se convierten en las peores armas de destrucción del hombre por el hombre.
Monseñor se manifiesta ahí como un hombre de esperanza. A pasar del oscuro panorama de la humanidad "sabemos que hasta cuando hay vida, hay esperanza: hay una salvación para el mundo".
El hombre dispone, gracias a la inteligencia y la voluntad, de los recursos necesarios para esa salvación. Pero, como hombres de fe, descubrimos la insuficiencia esos recursos: "No basta que tengamos ojos e inteligencia para ver y pensar. Es necesario que también tengamos corazón: una conciencia y una voluntad para buscar y hacer el bien".
Porque la revolución decisiva radica en el corazón. Tomando las palabras de la constitución de la UNESCO, Monseñor dirá que "puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz".
Tanto el materialismo de estado (el socialismo) en cuanto modelo socio-económico, como el materialismo individual (el capitalismo) han demostrado ser realizaciones sociales muy imperfectas. Ambos aplastan al hombre en forma inhumana y explotan la ciencia y la técnica injusta, irracional e irresponsablemente.
Pero es insuficiente todo intento del ser humano en este sentido si no interviene otro elemento fundamental. El hombre necesita vivir desde la referencia a Dios, que fundamenta la vida y toda acción liberadora. La palabra y la gracia de Dios deben iluminar nuestra inteligencia y orientar y fortalecer la voluntad; de otra manera, no salimos del círculo vicioso de la muerte.
Monseñor propone el paso de un hombre, que él llama "hombre económico" porque está dominado por el afán de lucro y del poder, a un nuevo modelo de "hombre que cree en los valores del espíritu y se preocupa no sólo de la vida, sino por la calidad de la vida, por el bien y el derecho de los demás". Aquí entona el canto de las bienaventuranzas, asegurando que ellas son "el camino de la vida". Estos son los únicos hombres realistas, los que creen en la verdad tan simple de las bienaventuranzas, "en un mundo en que el hombre se vuelve cada día más lobo para su hermano".
Ese es el desafío para la universidad: entrar a formar parte del gran ejército que lucha por llevar adelante la humanidad y salvarla. Y el programa podría ser: "Ciencia y conciencia en el 'santo temor de Dios'". No se trata de realizar una apología de nuestra fe o nuestras ideologías; ni siquiera de hacer proselitismo. La misión de la universidad es "servir más al hombre y construir la única civilizaciónposible que pueda salvar al mundo: la civilización del amor".
Cuando todo el mundo habla del necesario desarrollo de nuestros pueblos, Monseñor Bartolucci pone el dedo en la llaga señalando que el problema del desarrollo, antes que un problema económico y político, es un problema cultural y moral: "no habrá progreso, no habrá un mundo nuevo, y será inútil toda educación en todos los niveles, sin una responsabilidad moral que nos mueva a compartir la bondad, la belleza y la riqueza del mundo".
Y ese es otro de los retos importantes de la universidad: "educar en la responsabilidad moral como factor más profundamente humano y humanista, como elemento esencial para llegar a una madurez social en la vida".
Esto es, según palabras de Monseñor, la Sede en Esmeraldas de la Universidad Católica: "un compromiso, un aporte concreto al proyecto de Dios de salvar al mundo, empezando por nuestra pequeña patria esmeraldeña. Queremos trabajar para el presente y el futuro en favor de una cultura de vida, de una civilización que se propone defender, dignificar y promover al hombre".
"Nos acercamos a grandes pasos al término del segundo milenio de la era cristiana. Queremos dejar a nuestros niños y a nuestros jóvenes, un mundo mejor que el que nosotros hemos conocido".
Quiero expresar hoy de una manera especial mi agradecimiento sincero a las autoridades de la PUCE, al Rector, Dr. Julio Terán, y al Vicerrector, Dr. Carlos Jiménez, al final del período para el que fueron elegidos. Su fecunda labor ha tenido resonancia en nuestra Sede. Y a pesar de las diferencias, y a pesar de que otros no creyeran en la Sede, hemos encontrado en ellos siempre el apoyo y la comprensión. Aprovecho la ocasión para invitar a todos los estamentos de la Sede a participar en el próximo proceso electoral para la elección de las nuevas autoridades generales que regirán en los próximos años los destinos de la Universidad.
También quiero agradecer a los trabajadores de la Sede, a los profesores y a los estudiantes, por su esfuerzo y colaboración con este proyecto de promoción. Al Pro-Vicario, P. Juan Bressani, que pone toda su confianza en nosotros. Gracias a todos los amigos y colaboradores.
Permítanme dar por inaugurado el decimoquinto año académico de la Sede animándoles a todos a ponerse en las manos de Dios, tal como Monseñor lo hiciera en aquel acto de inauguración de la Sede. Reproduzco las últimas palabras de su discurso inaugural: "Sólo Dios sabe a dónde llegaremos. El conoce nuestra voluntad, y siempre nos acompañará. Estamos seguros de ello, porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza". Gracias.
Jokin Zurutuza
Pro-Rector
Esmeraldas, 9 de Junio de 1995.
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