Apertura del año académico 1990-1991

 

El invento más extraordinario en la vida de este convulsionado mundo es sin duda alguna el lenguaje humano; a la par del invento en mención, es indiscutible que el proceso evolutivo de éste, también merece destacarse; la lectura, la escritura y la comunicación en general a través de la historia han merecido especial atención y en esto las instituciones educativas han jugado, juegan y jugarán un papel vital.

Junto al nacimiento y progreso acelerado del idioma, crecieron paulatinamente instituciones educativas elementales; fueron apareciendo al unísono también, aquellas en donde el pensamiento del ser humano se potencia y dimensiona a tal punto de confundirse con la inmensidad del tiempo y del espacio para crear situaciones que permitan mejorar su condición de seres superiores, de hombres; estas instituciones son las universidades.

Las universidades, centro de formación profesional de elevadísimos quilates, desde los albores han buscado todos los mecanismos que permitan establecer una relación más directa entre la teoría y la praxis; entre lo simple y lo complejo; entre lo concreto y abstracto, relación que apunte al crecimiento del hombre con la ciencia y permita robustecer su condición humana, espiritual y de franco progreso para optimizar el vertiginoso desarrollo social.

Atenas en sus inicios y Roma posteriormente fueron centros poblados en los cuales se confundían el saber con la fuerza; las estructuras socio-económicas de esas metrópolis hacían que la educación fundamentalmente se enrolara con las artes bélicas, pero más adelante estos centros de saber fueron retomando su accionar hasta convertirse en lo que son hoy: el Alma Mater del pensamiento, la cima codiciada de la disciplina cognoscitiva, afectiva y motriz cuyos frutos se riegan cada vez más, cual agua fresca del manantial, por el espacio inconmensurable de las mentes humanas.

La renovación y dimensión de la educación nueva ha provocado muchas inquietudes en algunos sectores, fundamentalmente en el de los docentes universitarios encasillados en esquemas o moldes de los cuales es difícil y casi imposible moverlos.

Si la educación es un proceso dialéctico en el cual los sujetos inmersos en él interactúan para desarrollar las capacidades del aprendiz considerando sus propias potencialidades y limitaciones, los docentes que asumimos la posición contraria estamos negando la apertura que debe alentar las instituciones educativas; si actuamos como dueños absolutos de la verdad, si negamos la rapidez de los cambios y si no nos alejamos de la posición centrífuga en la cual el maestro es el todo, estaremos negando la interacción dialéctica entre sujeto y el medio; negando la posibilidad intrínseca de los sujetos que se educan y sobre todo deteriorando la formación íntegra de la personalidad del hombre por quien y para quien existe el hecho educativo.

Con todo esto y a pesar de las limitaciones que una naciente Sede Universitaria tiene que experimentar, los catedráticos que hacemos magisterio en la PUCESE estamos interesados en ingresar al terreno de la tecnología didáctica que permita optimizar el producto y asegurar un ordenado progreso social.

Bajo esta perspectiva estamos desterrando la tendencia de muchos profesionales de deambular sin meta por los sectores de su accionar; nosotros admitimos que como joven institución necesitamos ser dueños de auténticos cambios que vayan a otorgar una educabilidad que categorice al ser; pues la educabilidad, por ser una posibilidad y una categoría humana, debe procurar elevar la condición del hombre a su máxima expresión.

Los profesores de esta Sede Universitaria, que al final de cada jornada de trabajo hacemos un autoanálisis de nuestra acción, estamos claros y de acuerdo con lo que Paciano Fermoso, eminente pedagogo europeo, expresa: que “en los centros de educación superior debemos desarrollar las disposiciones y las capacidades del educando, especialmente su plasticidad y ductibilidad, que le permitan recibir influencias y reacciones para que elabore nuevas estructuras espirituales que lo personalicen y socialicen”.

El proceso educativo ha sido durante algunos decenios blanco proceloso de arduos debates y centro obligado de rigurosas discusiones, sea por los contenidos y objetivos que pretende conseguir o por las características intrínsecas de quienes lo dirigen; pero han soslayado el tipo de hombre que se desea formar; hoy, el Alma Mater desea coadyuvar más de cerca al desarrollo armónico del orbe, tomando como portaestandarte la organización de la comunidad, empujada con vehemencia por un ser crítico, responsable, amante de la paz, comprometido con el cambio y, sobre todo, perseverante en su fe y en lo que hace; un ser abierto al diálogo, responsable y altruista, que desborde amor y sea fuente inagotable de estímulos positivos para sus cohermanos.

Ante todo esto, la apertura de un nuevo año académico en un centro de educación superior tan singular como el nuestro es cosa que debe regocijar plenamente a quienes formamos parte activa de él, así como también a la comarca en la que se encuentra circunscrita la institución y a la que está obligada a servir, porque nació para ella y debe vivir por ella.

La Asociación de Profesores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Sede en Esmeraldas, a cuyo nombre dirijo la palabra a esta pléyade de invitados, siendo un eslabón en esta cadena educativa, está presente en este trascendental acontecimiento que permite hacer más reales y verídicas las célebres palabras de Platón, quien hace varios siglos ya exclamó que “la educación sólo termina con la muerte”. La apertura de cada año académico corrobora este futurista pensamiento.

Retroalimentados de ánimos y provistos de una gran dosis de entusiasmo, los docentes de esta Sede Universitaria queremos renovar nuestras esperanzas en los discentes que han llegado hasta este templo del saber, y pensar que el futuro de esta preterida tierra está asegurado, pues estamos entregando a la patria una juventud preparada intelectual y espiritualmente, que luche por el devenir histórico de la verde Esmeraldas, tierra que necesita de baluartes que hagan de este paradisíaco sector de la nación el paraíso encantado en que debe habitar permanentemente el amor, la justicia y la libertad.

Lic. Víctor Caicedo Barcia

20 de julio de 1990


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