
Discurso por Vigésimo Aniversario de la Sede e inauguración del año
académico 2000-2001
Economista Eduardo Valencia, presidente del Consejo Superior de la PUCE
Distinguidos amigos de la comunidad universitaria de la Sede de Esmeraldas, señoras y señores
Es clásico que en momentos como éste, en donde un grupo de visionarios de antes y de hoy cumplen un aniversario más de lo que es una institución universitaria, una sede del saber, una sede donde sus miembros luchan día a día por mejorar, prepararse mejor y entregar un mejor conocimiento y los mejores principios a los alumnos, digo, es siempre motivo de especial complacencia el que las sensaciones en estos momentos sean dobles. La una de alegría, pero también tiempos de reflexión. La alegría, por el trabajo cumplido, por haber creado y fortalecido una institución a lo largo de los años mediante el esfuerzo abnegado de todos los días. Esto no es poca cosa en tiempos actuales. Y la Universidad Católica del Ecuador, a través de sus autoridades, especialmente del P. José Ribadeneira, Rector de la PUCE, me ha pedido que transmita esa alegría que él siente, esa sensación de orgullo que tenemos allá en la sede principal respecto a las tareas que aquí se realizan. Y, con él, la sensación que tenemos todos de que estamos juntos en un trabajo para engrandecer a la nación ecuatoriana.
Pero, también, estos aniversarios son propicios para hacer algunas reflexiones. Y yo quiero, en la misma línea que ya nos ha dicho el Señor Obispo, tener un poquito de claridad respecto de cuál es nuestra misión hacia el futuro. Sobre eso quiero compartir con ustedes algunas reflexiones de lo que ha venido sucediendo en las diversas instancias de autoridad de la Compañía de Jesús, tanto en América Latina como a nivel mundial.
El señor Rector, y quien les habla, tuvimos la oportunidad de estar la semana pasada, nada más, en la ciudad de Roma, asistiendo a una reunión de 130 universidades católicas regentadas por la Compañía de Jesús, para hacer esas reflexiones, que así como aquí las queremos hacer hacia el futuro, la Sociedad de Jesús, o la Compañía, como es más familiar, también se las hace a nivel mundial.
CRISIS DE VALORES.
Y la primera cosa que quiero compartir con ustedes es que la crisis que aquí se ha mencionado con caracteres concretos, específicos, para la provincia de Esmeraldas, tan lacerantes, tan injustos, tan absolutamente conmovibles, también lo son para el resto del Ecuador, también lo son para el resto de países de América Latina, también lo son para el resto de países del tercer mundo y, qué curioso, también los países más desarrollados viven una severa crisis de valores.
La primera cosa que uno inmediatamente deduce es que la crisis de nuestro tiempo no es una crisis más de las tantas que se suelen reseñar. Ésta es una crisis de época: dos terceras partes de la humanidad viven bajo la línea de pobreza, ganando menos de sesenta dólares mensuales. El problema no es solamente de la provincia de Esmeraldas, ni solamente del Ecuador: las dos terceras partes de la humanidad viven en una situación semejante. La injusticia, la violencia, la crisis de valores, es también un asunto que preocupa a los países ricos, los cuales, por un exceso de opulencia y de materialismo, perdieron gran parte de la humanidad que ellos habían intentado crear a lo largo de su historia, a través de diferentes civilizaciones.
Es importante escuchar en vivo y en directo, a las máximas autoridades de la Compañía de Jesús de los países europeos, decir que la tarea de recuperar los valores de la sociedad europea es la primera tarea porque, aparentemente, ya casi no queda un solo valor que respetar.
Cuando uno mira que la crisis, entonces, no es sólo local sino que es global y es de época, las reflexiones tienen que ser más profundas y todo acto académico, como el que hoy realizamos, debe ser propicio para meditar sobre estas cuestiones
En la Universidad Católica de Quito estamos haciendo un análisis profundo, con humildad, de cuáles han sido nuestros aciertos y cuáles nuestros errores. Y hemos invitado, hace pocas semanas, a una misión de autoridades de la Compañía de Jesús, de la AUSJAL (Asociación de Universidades Regentadas por la Compañía de Jesús), para que reflexionen con nosotros y nos ayuden a autoevaluarnos. Muchos de los problemas que se detectan los tenemos nosotros también.
Y, conjuntamente, hemos encontrado que a nivel latinoamericano la crisis es muy grande y, por eso, voy a utilizar algunas expresiones que resumen lo que ya para el conjunto de países, para el conjunto de sociedades, es casi algo cotidiano y común.
PROFESIONALES, ¿PARA QUÉ?
Javier Gorostiaga, Secretario Ejecutivo de AUSJAL, decía: “y ¿será suficiente para universidades como las nuestras, tan prestigiosas, tan reconocidas, de donde salen dirigentes, presidentes, diputados, alcaldes, prefectos, profesionales de toda clase y tan reputados en la sociedad, será suficiente preparar profesionales exitosos para sociedades fracasadas?”. Es un interrogante que tiene un llamado demasiado profundo como para pasarlo por alto porque, si miramos a nuestro alrededor, nuestras sociedades son fracasadas.
Hemos perdido completamente el sentido de la humanidad y hemos creado profesionales exitosos que construyen edificios suntuosos, que van a trabajar para el gran capital y que luego, en la política, sirven a intereses muy particulares en detrimento del gran conjunto de la sociedad, que cada vez es más pobre, cada vez es más oprimida. “¿Será ese el reto?”, dice una de las máximas autoridades de las Universidades de la Compañía de Jesús. ¿Será ésa la misión de las universidades católicas en Quito, en Esmeraldas, en Lima, Río de Janeiro, en Caracas, en cualquier parte del mundo? Y, al hacerse esta reflexión en el conjunto de universidades en la reunión de Roma, hubo casi un consenso de que éste era un problema mundial, de que nuestras universidades no estaban cumpliendo el rol para el que fueron creadas y, por eso, lamentablemente, no influimos en nuestras sociedades como creemos que lo hacemos. Creemos que somos la mejor universidad del país, como si pudiéramos establecerlo simplemente por la cantidad de indicadores y personajes que han salido de nuestras aulas, en cualquier país. Pero, si miramos qué tipos de problemas hemos resuelto o si somos parte del problema y no de la solución, entonces la reflexión tiene que ir mucho más allá, a preguntarse si será suficiente solamente el que nuestros profesores nos instruyan con los métodos y conocimientos más actualizados y tecnología de punta, como parece ser que las universidades están llamadas a promulgar.
NUESTROS RETOS.
La reflexión, entonces, va más allá y, en palabras del Padre General de la Compañía de Jesús respecto del tema de las universidades jesuitas para el siglo XXI, el problema es que cada universidad debe resolver el problema de su entorno. Y si el entorno del mundo es la pobreza, la injusticia, la escasez de valores, la corrupción generalizada, ésos son los primeros problemas llamados a que resolvamos. Y, por eso, convoca a lo siguiente: a promover y fortalecer el apostolado intelectual. Y en estas dos palabras hay una riqueza enorme. Sin duda, rescata lo de lo intelectual, porque nuestros países necesitan guías, ideas, caminos, para que los pueblos puedan recorrer, y lo intelectual, consecuentemente siempre sigue siendo válido: la excelencia académica, el profundizar en la ciencia, el ser mejores en cualquier campo del conocimiento. Pero, si vamos a preparar una verdadera dirigencia, que es la misión de la universidad, el que de aquí salgan las elites a resolver los problemas de nuestro entorno, los de la realidad cotidiana, necesitamos que esos intelectuales también sean apóstoles, porque somos universidades católicas y somos universidades jesuitas y, en un momento de crisis de ideologías, el cristianismo está por sobre toda ideología. Y, por eso, nuestra misión de intelectuales –transformarnos en apóstoles– viene también a ser un llamado a transformar el mundo desde la fe cristiana, que no excluye a nadie, ni pretende ser elitista, porque precisamente por ser elitistas hemos fracasado, porque es un llamado a colaborar a todos.
Por eso, a mí me ha sobrecogido el que aquí se haya invitado a la Universidad Luis Vargas Torres para que vayamos en el mismo camino. Porque aquí no se pretende ser esclusas de nada. Se pretende convocar. Se pretende acercarnos a quienes debemos ayudar a recorrer en el camino.
ESPÍRITU DE SERVICIO.
El P. Luis Ugalde, Presidente de AUSJAL, decía que sería mucho más importante que en la preparación de nuestros profesionales se incluya una condición de que al menos una vez en su carrera hayan pasado 15 días, los estudiantes, viviendo con los pobres, para conocer su realidad; que, seguramente, esa pasantía en los hogares pobres les dará más riqueza espiritual y de conocimientos que todos los libros que lean a lo largo de su carrera.
Esto ya es otro llamado, esto es buscar otro tipo de compromiso. La excelencia sí, jamás podremos perder la misión de querer ser mejores. Pero, siguiendo el pensamiento ignaciano, ser mejores para qué y para quién. Ser mejores, según el pensamiento ignaciano, para servir mejor a nuestros hermanos.
Estas reflexiones creo que son muy ricas en contenido, son actuales. El mundo entero las necesita. Y la Iglesia va a ir en esa dirección. Y quienes tuvimos el privilegio y el honor de estar en esa reunión nos hemos comprometido con estos ideales para que, humildemente, reconozcamos los errores que hemos cometido, seguramente de buena fe, a veces por miedo, a veces porque el ser cristiano a ratos como que nos da recelo.
MISIÓN DE LOS LAICOS.
En el momento en que entendamos cuál es nuestra misión y la importancia que tiene servir a nuestros hermanos, no sólo los sacerdotes, que vocacionalmente están preparados para eso, sino fundamentalmente los laicos, en las universidades jesuitas, se ha dicho en esta reunión, el 95% de los servidores somos laicos, y se ha hecho por parte del P. General una invitación para que los laicos asumamos los ideales cristianos y de la Compañía de Jesús. Y, en plena asociación con los sacerdotes, con los clérigos y con la jerarquía, que siempre debe estar en sus manos, acompañemos en el camino del apostolado intelectual.
CONCLUSIÓN.
Esto, queridos amigos, es lo que quería compartir con ustedes. Me parecía importantísimo que sientan que desde Quito estamos abiertos para todo el país, para trabajar con todos nuestros hermanos, con todos los estamentos de la sociedad: ricos, pobres, profesionales, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos los estamentos tenemos un lugar, todos tenemos que trabajar para construir este país. Si queremos de verdad cambiar de época, la primera cosa que debemos reflexionar al salir de una reunión como ésta debe ser: en los nuevos cambios que vienen, ¿qué tipo de testigos queremos ser si queremos honrar a nuestro logotipo, que es ser testigos, en una provincia hermosa como ésta, con sus mares, con sus palmeras, o en las alturas, con las montañas y la blancura de las nieves, como parte del mismo paisaje de Dios? ¿Dónde cabe el hombre y dónde cabemos nosotros como apóstoles?
Prepararnos más para servir mejor. Ésa es la invitación a la que todos estamos convocados. Muchas gracias.
Ec.
Eduardo Valencia
Presidente
del Consejo Superior de la PUCE
Esmeraldas, 7 de Junio de 2001.
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Esta
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