
Discurso de inauguración de la PUCESE
Monseñor Enrique Bartolucci, Obispo de Esmeraldas
5 de junio de 1981
Ciertamente el mundo no se da cuenta de que nosotros estamos aquí reunidos para celebrar un acto que, para nosotros, es de mucha trascendencia: la inauguración oficial de una extensión universitaria. Somos un pequeño grupo de personas congregadas en este extremo rincón del hemisferio occidental, casi perdido en la exuberante selva tropical que se asoma al inmenso océano Pacífico. Un lugar marginado. Un tercer mundo olvidado. ¿A quién le puede interesar lo que nosotros estamos celebrando ahora y aquí? Este acontecimiento que para nosotros es de muy honda significación, si lo consideramos, en cambio, en un marco histórico y geográfico universal, ciertamente se reduce a muy pequeña cosa.
UN ACTO IMPORTANTE
Sin embargo, este acto que estamos celebrando, trasciende nuestros estrechos confines, y tiene una extraordinaria significación no sólo para nosotros, sino también para todo un pueblo: el pueblo de Esmeraldas, el pueblo de todo el Ecuador. Y también, con legítimo atrevimiento podemos ensanchar los horizontes y pretender con este acto aportar algo, aunque sea una pequeña cuota, paro real y concrete, a la solución de los grandes problemas del mundo. ¿Acaso seremos nosotros que vamos a cambiar el mundo? Sí, ciertamente, seremos también nosotros. No es presunción. No es utopía. Hoy nuestro mundo es tan pequeño que tanto el bien como el mal tienen repercusiones inmediatas e insospechadas, en todas partes.
Dicen que nuestro mundo está enfermo. Dicen que nuestra civilización se está lenta pero inevitablemente detonando. Y parece que sea así. La condición humana ha sufrido laceraciones graves en el mundo entero. Es verdad, la humanidad avanza a pasos agigantados por el camino de la decadencia.
Ciertamente no todo es negativo. Hay también muchas cosas positivas. Ha habido enormes adelantos científicos y tecnológicos. Se ha incrementado mucho la producción agrícola; ha mejorado el nivel de vida y la edad de los hombres. Han sido debeladas enfermedades que antes hacían estragos en la humanidad. El hombre está dando sus primeros pasos en la explotación del universo.
Pero, si nos detenemos en la consideración de otros factores, tenemos la impresión de que es la civilización de la muerte la que más ha avanzado.
Descubrimos con justificada aprensión que los recursos de la naturaleza no son ilimitados. Cuando la técnica acomete contra la naturaleza, a la larga sale perdiendo. Al final del siglo pasado fueron liquidados, y para siempre, los grandes e históricos bosques de cedros del Líbano, para alimentar las locomotoras del ferrocarril EstambulEl Cairo. Hoy, una sola edición del New York Times significa el sacrificio de algunas hectáreas de bosques del norte del Canadá. No basta que seamos solidarios entre nosotros, los que vivimos. Tenemos que ser solidarios también con los que vendrán después de nosotros, si queremos que el mundo no se agote y desaparezca.
LA CIVILIZACIÓN DE LA MUERTE
El hombre hoy ha progresado tanto en la técnica y la tecnología que tiene el poder, si lo quiere, de perturbar definitivamente el delicado equilibrio constituido por la biosfera, que hace posible la vida.
Una cuarta parte de la humanidad dispone de las tres cuartas partes de las riquezas del mundo. Esta misma cuarta parte privilegiada de la humanidad posee por sí sola el 90 por ciento de todo el potencial científico y tecnológico.
La dinámica de la destrucción y de la muerte, absorbe una parte enorme de la inteligencia del hombre y de los recursos de la naturaleza.
Se afirma que el actual arsenal atómico del mundo es suficiente para matar a todos los hombres de la tierra, no una sola vez, sino 15 veces. La humanidad gasta en la industria de la muerte 400.000 millones de dólares al año. La carrera armamentista aumenta cada año y no se detiene. Desde la segunda guerra mundial, que todos pensaban que también iba a ser la última, el mundo ha conocido más de 120 conflictos armados.
Cerca de 160 millones de niños sufren de una carencia alimenticia que eleva el índice de mortalidad a un 15%.
Pero si hablo de civilización de la muerte, no es sólo porque la proliferación de armas se hace cada día más temible y espantosa, o porque se destruyen inmisericordemente los recursos de la naturaleza, sino también porque hay en el hombre una desconcertante voluntad de controlar la natalidad con todos los medios, incluyendo la supresión de la vida que está por nacer. Es un hecho: los países más desarrollados son también los más envejecidos.
Y hay otros, signos más de la civilización de la muerte. Según Amnistía Internacional, en 60 países de nuestro mundo, la tortura es un recurso normal para gobernar. Mientras tanto, en todo el mundo, están de moda el terrorismo y la droga.
Y no podemos olvidar el hambre que sufren millones de nuestros hermanos; las enfermedades que aún siguen haciendo estrago en la humanidad; el analfabetismo y, sobre todo, la corrupción y la inmoralidad, consecuencias inevitables de un materialismo ateo desconcertante. Eliminado Dios, el hombre no encuentra más el fundamento moral de su vida, y todo se le viene abajo.
UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL.
Alexander Soljenitsyn, hablando en la Universidad de Harvard, ha fustigado al mundo occidental por su falta de valores humanos y espirituales. El comunismo materialista soviético "es cero y menos que cero", dijo. "Pero sí alguien me preguntare si me propongo citar a Occidente, tal como es ahora, como modelo para mi país, francamente respondería que no. No, no recomendaría vuestra sociedad en su estado actual como un ideal para la transformación de la nuestra. El materialismo, las astutas maniobras legales, una prensa que invade la vida privada, el embrutecimiento por la televisión, una música intolerable, todo contribuye a que el modo occidental de vida sea cada vez menos un modelo para el mundo, Las fuerzas del mal han comenzado su ofensiva final. Vosotros podéis sentir sus embates y sin embargo vuestras pantallas y vuestra prensa están llenas de sonrisas por encargo y de vasos alzados para el brindis. ¿A qué viene esa alegría? El debilitamiento del coraje es el rasgo más visible del agotamiento espiritual de Occidente".
Tal vez este cuadro que nos pinta Soljenitsyn nos parezca demasiado oscuro. Tal vez lo sea de verdad. Pero nosotros somos cristianos. Y como cristianos sabemos que hasta cuando hay vida, hay esperanza: hay una salvación para el mundo. En primer lugar, aún nos queda nuestra inteligencia, don de Dios y recurso más precioso del hombre.
Es cierto, debemos defendernos del peligro de la contaminación ambiental, pero también tenemos que defendernos de la contaminación mental, que produce en nuestra inteligencia la propaganda de la violencia, de un consumismo y materialismo descarados, y de ciertas ideologías que amenazan con destruir nuestra libertad interior. Y también tenemos que añadir y lo lamentamos mucho como fuente de contaminación mental, un cierto tipo de educación.
No basta que tengamos ojos e inteligencia para ver y pensar. Es necesario que también tengamos un corazón: una conciencia y una voluntad para buscar y hacer el bien.
La revolución decisiva ha de hacerse en el corazón de los hombres. Hay en la constitución de la UNESCO una frase estupenda que vale la pena recordar: "Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz".
Hoy se habla mucho, y justamente, de un nuevo orden internacional, de un nuevo modelo económico para el mundo de mañana. Pero habrá que buscar una tercera vía entre un materialismo de estado que aplasta e impide al hombre el ejercicio de su libertad, y un materialismo individualista cuya ley suprema es el interés que también acaba con aplastar al hombre en la espiral implacable e inhumana del consumo y de la producción.
No podemos soportar más esta injusta, irracional e irresponsable explotación de la ciencia, de la técnica, de la riqueza y del poder, al servicio de grupos monopolistas y estados totalitarios, para un proyecto que no es de vida, sino do muerte.
Pero, hermanos no basta la inteligencia del hombre y tampoco su buena voluntad. "Si no es Dios que construye la casa, por gusto se afanan los albañiles", dice el salmista.
CIENCIA Y CONCIENCIA
Si la palabra y la gracia de Dios no iluminan nuestra inteligencia y no orientan y fortalecen nuestra buena voluntad, jamás saldremos de las garras implacables de la muerte.
Los que pretenden mejorar la condición humanas con sus propios recursos, con sus ideas y sus armas, utilizan palabras como revolución, igualdad. Nosotros los cristianos podemos utilizar palabras todavía más profundamente humanas, porque están inspiradas en el Evangelio, como: participación, solidaridad, hermandad. No basta la ciencia humana. Nos hace falta la sabiduría del espíritu.
El hombre económico, dominado por el afán del lucro y del poder, debe ceder el paso al hombre que cree en los valores del espíritu y se preocupa no sólo por la vida, sino por la calidad de la vida, por el bien y el derecho de los demás.
Bienaventurados los pobres. Bienaventurados los mansos. Bienaventurados los misericordiosos, los que comparten lo que tienen, lo que saben y lo que son. Parece demasiado simple, ¿verdad? Pero es el camino de la vida, el camino de la salvación. Los que creen en esta palabra, en un mundo en que el hombre se vuelve cada día más lobo para su hermano, son los únicos realistas. Y gracias a ellos la humanidad podrá salir adelante, y estará salvada.
Ciencia y conciencia en el "santo temor de Dios". Éste podría ser el programa de una universidad católica. No por confesionalismos, o por proselitismo, o prestigio, sino para servir más al hombre y construir la única civilización posible que pueda salvar al mundo: la civilización del amor.
No habrá un "nuevo orden internacional" a espaldas del mandamiento de Cristo que pide y exige que nos amemos los unos a los otros.
Nuestros principios son sencillos: el mundo no se mueve si yo no me muevo; no cambia si yo no cambio; no se renueva si yo no me renuevo, si no me vuelvo cada día nueva criatura en el Espíritu. El orden nuevo únicamente puede nacer allí donde hay un hombre nuevo.
La síntesis entre ciencia y espíritu es un reto inmenso y apasionante para los jóvenes de nuestra generación.
No es en las agitaciones callejeras y en la destrucción o en el saqueo, que se producirá el cambio que todos esperamos. No serán las bombas o las balas que modificarán al curso de la historia, sino la inteligencia, la dialéctica, la creatividad, la honradez, y el sentido de responsabilidad y de participación.
Todos hablamos de liberación. Y es una palabra estupenda. Pero liberación no es destrucción del orden establecido. La liberación no significa destruir una realidad, sino construir otra, original y nueva.
El problema del desarrollo es un problema cultural y moral, antes que un problema económico y político. No habrá progreso, no habrá un mundo nuevo, y será inútil toda educación a todos los niveles, sin una responsabilidad moral que nos mueva a compartir la bondad, la belleza y la riqueza del mundo.
Una Universidad Católica que quiera contribuir en 1a formación de los futuros constructores de la sociedad, deberá educar a la responsabilidad moral como factor más profundamente humano y humanista, como elemento esencial para llegar a una madurez social en la vida.
AGRADECEMOS
La Universidad Católica en Esmeraldas quiere ser un compromiso, un aporte concreto al proyecto de Dios de salvar al mundo, empezando por nuestra pequeña patria esmeraldeña. Queremos trabajar para el presente y el futuro, en favor de una cultura de vida, de una civilización que se propone defender, dignificar y promover al hombre.
Agradecemos a Dios y a todos los que han colaborado para que el proyecto de una extensión de Esmeraldas de la Universidad Católica del Ecuador sea hoy una realidad. Agradezco muchísimo al Señor Cardenal Pablo Muñoz Vega, que nos ha concedido el honor de acompañarnos en este día que corona un largo camino de expectación y de esperanzas.
Agradezco al Rector de la Universidad Católica del Ecuador, el reverendo padre Hernán Andrade, y a todos los que nos han brindado su confianza, su apoyo y amistad.
NOS COMPROMETEMOS.
Queremos ser totalmente fieles a. los ideales y objetivos que se propone la Universidad Católica del Ecuador.
Sabemos que la empresa será difícil. Confiamos en Dios. Tenemos un solo deseo: favorecer al pueblo esmeraldeño, al que amamos y al que tenernos el privilegio de servir.
Creo poder afirmar que durante estos 26 años de trabajo apostólico en Esmeraldas, en la medida de nuestras posibilidades, los combonianos y los que han colaborado y están colaborando con nosotros, siempre hemos acompañado con entereza y generosidad a nuestro pueblo, en su formidable esfuerzo de salir de una situación de abandono y marginación en la cual había quedado durante siglos.
Somos testigos y en parte también colaboradores y ejecutores de esta rápida y, por muchos aspectos, extraordinaria, transformación de Esmeraldas.
Muy bien sabemos que no hay sólo luces en nuestra realidad. Muchos de los grandes problemas que aquejan a la humanidad, nos afectan también a nosotros, a veces de una manera dramática.
Pero tenemos una respuesta a estos problemas, nuestros y de todo el mundo: Dios quiere grande y bello el mundo del mañana y nos invita a entrar en su proyecto, en su visión, inmensa como el cielo, venciendo todos los temores, que nos atenazan y nos quieren paralizar.
Nos acercamos a grandes pasos al término del segundo milenio de la era cristiana. Queremos dejar a nuestros niños y a nuestros jóvenes un mundo mejor del que nosotros hemos conocido.
Es esto lo que se propone la Facultad de Pedagogía de la Universidad Católica de Esmeraldas, que hoy hemos solemne y oficialmente inaugurado.
Este es sólo el primer paso. Sólo Dios sabe adónde llegaremos. Él conoce nuestra buena voluntad. Y siempre nos acompañará. Estamos seguros de ello, porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza.
Monseñor Enrique Bartolucci
Obispo de Esmeraldas
5 de junio de 1981
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